La mira, la grima, la estima perpleja, la mirada vieja perdida en los años, el mundo es extraño, la vista, la piel, que arruga y divisa, prisa de volver a nacer de nuevo bajo la mirada. Y un espejo convexo y seductor, que mira el interior de la persona.
Cuando rima el viento y el primer aliento del amanecer. Como sin motivo vivo mi mirada libre de sospechas; fechas olvidadas. Del pelo y la cana de mañanas blancas, de las tardes claras declarando sueños. La edad avanzaba, niños del espejo. Guiños animados.
Y al mirar distinto al pintar la ausencia de la equivalencia de mi mocedad, moldearlo al ojo como si el antojo es mojar el cuerpo de la savia viva de firme saliva de la voluntad. Y mis propios besos.
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