Un suelo cargado librado de velas y estelas del duelo de limpio y llorado, un cielo encastrado en una bombilla, brilla suficiente para ser su estrella.
Atajo y retiro de muerte temprana, la semana entera fuera de su mes, después de aquel año, que extraño todo, su modo destaca como capa ilesa, al pasar del polvo, al palo el motivo, emotivo y llanto a cuánto la grima.
Cambiarán las manos pero no los vientos. Tormentos variados.
Tornaran los vientos, los tientos, las manos. Acariciadoras, claves del hechizo. El cielo plomizo bordará los labios. Clases de silencio de lo destruido. Y el poder del siento un cuento concede. Como acaecer desaparecido.
Ruido y agonía, de noche de día, eternos lamentos, sentir melodías. Guías del cerebro piensan en certezas, parte la cabeza la pieza pensante. Y al guante la huella que deja la sangre. De lo que se quiebra, de lo que se expande.
Del cielo de alambre del hombre zanjado. Hambre por condena, y la pena rica. La suerte de pena de primera cena, sin segundos platos. Pasaron del postre a postrarse en él como en un mantel, manantial del cielo. Como poseerlo para sostenerse, como someterse sin meterse en medio.
La mente despierta, la noche, la puerta, abierta en estela, la llama de vela, revela el telón, aquella ilusión; extensión de sombra al obrar la luz, como un ataúd que a la vez respira.
**Atención en crudo de un verdugo atento.**
Tempo de promesas mesas por el tiempo, bajas y confesas bajo el alimento. Templo del conducto abrupto en las venas, las penas de sangre de el hombre caníbal. Trato con conjuntos, no con unitarios, no contamos egos ni apego egoísta. Tres tristezas, el tempo, el templo y el trato.
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