La tarde celestina de la noche
anoche la soñé que me dormía
y cuánto la quería no lo cuento
creí que en el momento renacía.Desperté con su ausencia en la boca,
un sabor de jazmín y de cuchillo;
la luna, esa viuda sin reproche,
me miraba como quien ya lo sabe todo.
Fluir de penitencia
anoche la soñé que me dormía
y cuánto la quería no lo cuento
creí que en el momento renacía.Desperté con su ausencia en la boca,
un sabor de jazmín y de cuchillo;
la luna, esa viuda sin reproche,
me miraba como quien ya lo sabe todo.
Fluir de penitencia
si todo es apetencia dionisiaca
que saca petulancias repentinas
de lo que es la jactancia de su pecho
al trecho de su estrecho corazón
que ve la ensoñación de la ventana.Y en esa rendija de luz que se cuela
se le escapa el dios borracho y desnudo,
se le rompe la máscara de santo
y el deseo, sin pedir licencia,
se sienta en el alféizar
con las piernas colgando hacia la calle,
riendo de su propia mortificación.El corazón se queda mirando,
chiquito, apretado,
como un niño castigado en la esquina
mientras la carne celebra su orgía privada
y la ventana (única testigo imparcial)
deja que entre el aire caliente de la tarde
mezclado con olor a vino derramado
y a sexo que aún no ha sucedido.¿Sabes qué es lo más cruel?
Que la penitencia también goza.
Que el cilicio besa la piel
igual que besaría la boca prohibida.
Y en ese beso se confunden
la cruz y el tirso,
el ayuno y el banquete,
la herida y la miel.Dime tú, poeta,
¿hasta cuándo durará
esa guerra civil entre el pecho y el deseo
mientras la ventana, indiferente,
sigue abierta de par en par?
que saca petulancias repentinas
de lo que es la jactancia de su pecho
al trecho de su estrecho corazón
que ve la ensoñación de la ventana.Y en esa rendija de luz que se cuela
se le escapa el dios borracho y desnudo,
se le rompe la máscara de santo
y el deseo, sin pedir licencia,
se sienta en el alféizar
con las piernas colgando hacia la calle,
riendo de su propia mortificación.El corazón se queda mirando,
chiquito, apretado,
como un niño castigado en la esquina
mientras la carne celebra su orgía privada
y la ventana (única testigo imparcial)
deja que entre el aire caliente de la tarde
mezclado con olor a vino derramado
y a sexo que aún no ha sucedido.¿Sabes qué es lo más cruel?
Que la penitencia también goza.
Que el cilicio besa la piel
igual que besaría la boca prohibida.
Y en ese beso se confunden
la cruz y el tirso,
el ayuno y el banquete,
la herida y la miel.Dime tú, poeta,
¿hasta cuándo durará
esa guerra civil entre el pecho y el deseo
mientras la ventana, indiferente,
sigue abierta de par en par?
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