lunes, 9 de diciembre de 2024

Iniciación a un verso.

Al puro desamparo encarnecido
de lo que se ha metido entre la carne,
que cubre cada espora del aquel
que tiembla y le recuerda que ha entendido
aquello del capricho del placer,
que vuelve a retener entre los brazos
los pozos de la fuente servidora,
así como atesora lo que fluye,
que huye al corazón de las tormentas,
que tal vez ahora sientas y comprendas
las prendas destinadas a la calma.
De aquello que retuerces en la frase,
la fase de volver a la garganta,
el aire que suplanta por faltar,
que quiere retrasar lo que le implanta,
la planta de atención tan familiar.

Incitación al verso;
invitación en do,
de lo intencionado,
dardo del misterio
mi mayor enfado,
en fa y do, reglar
en un fado, seglar
como un grito
un O paralelo
para celo dado,
dardo del misterio
de anterior petardo,
suerte en la explosión,
le vale exposición
del sentimiento.
O



El tacto despiadado de perder
como de amanecer anacoreta,
y asume la razón del escrutinio
que tiene en el dominio voluntad,
y no ejemplaridad de la violencia,
que sienta la experiencia de matar,
y así se va a sumar quitando vidas.
Lápidas de primeros asesinos.




Escueto en decir, escribir receta,
en aquel secreto que da la oración,
aquella sensación majestuosa,
osa del decoro, coro de su arte,
de parte natural de su progreso,
de aquel nuevo receso innatural,
que trata lo fatal del resultado,
de todo lo datado con sospecha.
Flecha.




Cuando lo reclama lo llama al amor
anterior al canto encanto de amar
que es brillar y darse, espacio y calor,
no amor a la sombra, obra de tinieblas,
selvas de la especie, despacio una acelga,
la huelga del guiso de la buena seta.
Recetas envenenadas.



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