El silencio antes de la voz tiene
un eco que estremece con su belleza.
Al hueco de la piel que se hace oído
al ruido articulado de espejismos.
Ante el arte, uno tiende a demostrarse
y qué clase de ser no se estremece ante la belleza.
Carta de la voz
que es en parte canto,
si cuenta mi llanto,
mi espanto en el do,
que se lo domina
y en clave de fa,
familiar y amable;
hable con encanto.
Partir de la vida.
A partir de nada; toda la belleza,
aquí empieza todo, un modo final.
Tan fatal y malo para el hombre bueno.
¿Qué clase de ser no se estremece ante la belleza?
Fue oponerse al sol
toda la alta luna;
cuna de sus dramas,
plata evolutiva,
que sierva de lobos.
Al canto un aúllo, ¿tuyo o mío?
Alegro y tenebra, la hebra del celo, el cielo estropea la crea del rallo. Y aquel gallo frito, exquisito al gato.
Preludio perlado de pardo prejuicio. Recargo de juicio a cargo del malo. Lo pobre no es bueno sino vale rico. Todo es pasto y vida de pasar nefasto. Malva maldición en la humillación malvada, daba su peligro libre gravedad, la edad de la carne. Múltiple melisma de rimar palabras.
Macabras bellezas, altezas maniacas. Saca de ternuras saco de lo muerto, saca cada tiempo casa con su verbo, el ciervo y el lobo, solos en la noche. El amor y el hambre, la sangre vertida. Pidan los vampiros las venas fluidas. La vida mía te bebo y me muero, Duero de tus labios.
Río sin afluentes, dientes mentirosos, en señal de acoso de acaso violento. El lento dibujar una sonrisa, la risa de la brisa sostenida. La vida de mirar en las tinieblas.
A través de la piel que se sincera y diera la caricia a su placer, en vez de entorpecerlo con las manos, en vez de empobrecerlo para sumarlo. Dejarlo como acuerdo sin querer, y ajarlo y alejarlo de uno mismo.
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