Tanta culpa mía, la razón del duelo,
sobre la palabra un frío consuelo,
desde que te quiero, ya nadie me importa
porque tengo obra en tu alma ilesa.
Comprender la culpa como una mañana.
Coro, luz y anhelo,
casi sombra y llama
a la luz que estalla
para hacerse fuego.
Ruego alma mortal
ya no será igual
soportal de carne
al tiempo que se pudra.
Un poema juega
le lleva a la lengua
confunde que piensa
le llega en un verso
toda una leyenda.
Cantos del delirio,
suspiros rimando,
amor, ¿hasta cuándo
encantar te puedo?
Un juego de hechizos.
En un mundo raro
como de simiente
el polvo y la gente
latente de estrellas.
A partir de ti
mi vida se olvida
entra en tu conciencia
coincidencia plena.
Os juro un poema
os debo un hechizo
la magia o castigo
del deber del verso.
Ni sueña que no puedan matar a los soñadores.
Así seducía, aducía todo,
como si en el tono tanta la belleza,
al nacer, empresa la voz del recuerdo
de hacer horrorosa la furia copiosa
que dora la ira, la risa celosa,
las uvas y el vino y un trino borracho.
Gazpacho y neutrinos.
Magia resentida,
prometida en negra
en su misa blanca
en mansa y sumisa.
Y puede someter a la razón
si guarda en la prisión al justiciero.
Si aquella rima blanda no te obliga
persigna la belleza que estremece.
Enternecer no recuerda, solo duro y cuerda.
Recuerda la soga.
La saga del nudo de segunda atada.
Mata dos, veces muertos.
Pobres gentes nuestras, devueltas sin vida.
Entes parecidos.
La gente guisante, antes del puré.
Latencias dispares de par sin calibre.
No hay pan para Peter, pobre niño de hambres.
Nombres borrascosos,
cumbres del separo
de mirar lo malo
cuando el cielo es palo
sobre una tormenta,
la lluvia refresca
la piel del aliento,
asiento tentado,
la piel de los besos,
los pies sin regreso
ni acceso a datos,
tratos sin las redes,
puedes sin escamas,
camas de reserva.
La gente es escuela
de humanos que enseñan
que la magia cuesta,
que el amor es prenda.
Que la gracia es la letra
que escribe a la risa,
que el alma no es prisa,
la canción perfecta.
Y algo distintos, dientes del desgarro.
Y lo que se escucha después del vacío
son los mordiscos del alma, de alarma y desgarro.
Vela de los ojos, la vista no vela,
ni resume ni cuenta, que le arde la cara.
La máscara del rostro que cubre y ampara.
Páramos parados que amparan estelas.
Son legañas viejas, de engañar en sueños.
Para alguien son perlas.
Penas y cebollas
y llorar a capas.
Nanas de tus ojos
rojos del cariño.
Un añadido en sangre.
De este guiso esclavo
de carne y de clavo,
cociendo fueguitos,
remover los huesos.
La nana denigra y el niño la adora.
Como fundadora de vida maldita.
Cita dos precuelas.
Un cadáver atado en la puerta.
En cada corazón una tumba.
Penas y cebollas
y llorar a capas.
Nanas de tus ojos
rojos del cariño.
[Primera precuela]
Un cadáver atado en la puerta.
En cada corazón una tumba.
[Segunda precuela]
La nana denigra y el niño la adora.
Como fundadora de vida maldita.
Cita dos precuelas.
En cada callejón una secuela.
Una escuela dura que la nada enseña.
Alguna vez se cuela por la puerta, una cerrazón.
La vida no es prenda que se aprenda rica.
Vestir a la carne, peine de la piel, que a besitos come.
Un libro sin hojas solo son tus ojos.
Tachas y borrados, quemados distintos.
Laberinto de perder sucinto.
En cueros y mudos.
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