Al umbral la puerta de lo que traspasa, al llegar a casa, sabe que lo quieren, allá donde fueren, estará su hogar.
Mirar a la cerradura y abrir a los ojos como una llave. La clave está dentro y el tiempo lo sabe, lo cubre la carne que olvidó los huesos. El verso cercano no besa la mano, solo arcano piensa tomar con los labios.
En la piel hay mapas, etapas y arrugas y orugas que queman carne prodigiosa. Rosa de la herida, espina de espanto, al dolor el llanto de una sola gota.
Rota la condena, la pena hacia afuera, como una albufera bajo mil tormentas. Rasga la fortuna, solo una y mala, la vida es la pala sobre tu cabeza.
Tantra de la vida al calor es manta, en la noche santa es fuente de cama. Todo aquel torrente de sentir adentro, un conocimiento de aquellos fluidos. Es secreto y dicho nicho y sepultura, es una escultura de lo que se escucha.
Uncir un recuerdo, fruncirlo al antojo, que vaya del ojo hacia su mirada. Litigada vista de amistad perdida por algún litigio, de su sortilegio. Hechizo disperso de un verso inconcluso que expuso sin brío sin aquel rocío, de palabra o flor. Al amor de enero, monedero frío.
Cerca de la leña sueña con el hacha, como se despacha sobre sus cabezas. Hay un mal, lo siente, lo sabe latir, a base de oír, escuchar un ente, siente endemoniado. El miedo distinto es el mismo medio, es aquel misterio que falta a la voz.
Espera ese canto, su encanto esperado, con cuánto descaro le llegó a la perla. Filo de palabra que se abra al oído como aquellos ruidos de cortar en trozos. Curte un escalpelo la mitad de un ojo, con cuántos antojos para rajar la ostra. Muestras en el cuello.
Premios de la culpa. Ricos por tenerla. Gremios del fracaso. Cursos de la pena. Sacan a concurso. Toda la tristeza. Parte de la culpa. Que jamás es nuestra.
Muestras de un lamento. Cartílago de viento en la garganta, la garra que desgarra lo que aterra. A férrea disciplina de los yerros. A fueros de los cueros de los mundos. Feria de un poema.
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